domingo, 25 de abril de 2010

sábado, 24 de abril de 2010

Hell in Buenos Aires

Este post lo pongo no solamente porque me gusta ACDC, sino para recordarme (por lo que me quede de vida)que teniendo la entrada para el primer recital del 2 de Dic 09 no asistí. Elecciones que le dicen...

miércoles, 21 de abril de 2010

Ciencia devocional.


Usted ha sido más un pedagogo que un investigador...

–No me he dedicado a la investigación en física. No he sido un investigador que produce papers, fui un organizador. La formación inicial en el Normal Mariano Acosta de Buenos Aires me influyó en mi vocación docente.

–¿Y a qué atribuye su vocación docente?

–Recuerdo que tenía 27 años de edad y Gaviola me decía que ya estaba viejo, “usted es un pedagogo”, me insistía. Y acertó, porque dediqué mi vida a la docencia y a la organización de la docencia, conectando el ámbito universitario de investigación con el mundo del docente de primaria y secundaria, con el objetivo de despertar vocaciones. Ese sueño lo he cumplido.

–Puede hacer un balance, me imagino...

–Se ha logrado que tengamos un nivel de desarrollo tal que, a pesar de todas las dificultades, tengamos desarrollos, por ejemplo, en física nuclear, tanto en investigación como en alta tecnología. Considero que todo país que aspire a cierto grado de desarrollo tiene que conocer o dominar las bases de la actividad nuclear. Tiene que tener gente preparada para tomar decisiones autónomas.

Incluso exportando tecnología...

–El reactor que nos compró Australia, a través de Invap, muestra que somos capaces de construir instrumentos de primer nivel y de negociar eficazmente. Construir, competir y ganar. El pueblo argentino no se ha dado cuenta. Todavía no le han explicado a la sociedad la importancia de haber alcanzado semejante desarrollo, compitiendo con las potencias. Ahí entra la función del periodismo científico.

–A ver, ¿cómo?

–La ciencia tiene que llegar a todos, por lo menos los conceptos elementales. Para que cuando alguien escucha acerca de un tema científico pueda barruntar, ¿qué linda palabra esa, no? Y comprender de qué se habla.

–Sí, linda. ¿A qué llama saber de ciencia?

–Saber de ciencia es tener una idea no errónea, aproximada. Saber, aunque sea lo elemental. Pero no quedarse al margen, ¿me permite una metáfora?

–Claro.

–Para que no se le cierren las ventanas y quede en una habitación a oscuras. La buena comunicación científica tiene el trabajo de lograr transmitir ideas que son difíciles de construir y expresar.

–Incluso explicar que aquella histórica exportación de tecnología fue en plena crisis del año 2002.

–Claro, ahí viene el espíritu que dejó Balseiro, porque del Instituto salieron las personas que trabajan en Invap.

–Sí, el mérito tecnológico está, pero usted recordará las controversias y el revuelo que se armó, porque se decía que la Argentina terminaría importando residuos nucleares.

–Mire, por entonces, como presidente de la Academia Nacional de Ciencias, nucleamos a todas las academias del país y públicamente apoyamos la exportación, pero pedimos que se informara más eficazmente. Nos rebelamos contra ese silencio.

–Entonces la Argentina tiene futuro.

–Sí, porque tiene argentinos como Balseiro. Y son muchos, y silenciosos. ¿Sabe usted que Balseiro nunca hizo un culto de la exposición mediática? Generalmente el científico es silencioso.

–Pero ¿no le parece que a los jóvenes investigadores de hoy les faltan modelos?

–Mire, los hay, pero hace falta descubrirlos. Lo fundamental es que el chico se atreva a buscar, que tome la iniciativa. Buscando va a descubrir qué le interesa o qué no.

–Cuénteme acerca de la organización del Instituto Balseiro.

–A mí me gusta decir que fue una hermosa locura. En el contexto en el que se llevó adelante, fue un verdadero disparate. Por empezar, las universidades nacionales tienen ingreso irrestricto, entonces, en Bariloche, alejados de todo, se inaugura un instituto con un cupo limitado de sólo quince vacantes por año, becados, fuera de las condiciones universitarias normales de la Argentina. Y esa idea se desarrolló en un entorno político feroz. La decisión de inaugurarlo fue en marzo de 1955, en el Curso de Física de Verano en Bariloche. Yo era alumno de Balseiro en la UBA y él nos llevó al Curso. En marzo se decidió y en abril comenzamos la organización. “No se dan las condiciones”, nos decían. Claro que las condiciones eran todas adversas. El 16 de junio de 1955, desde la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) veíamos los aviones bombardeando la Plaza de Mayo y seguimos organizando todo como si nada sucediera.

–¿A quiénes estaban dirigidos esos cursos de verano?

–El núcleo era la formación de los reactoristas que ya necesitaba la CNEA, entonces se aprovechaba la existencia del sitio que había dejado Richter en Bariloche. Para formarlos, además de estudiar las técnicas, le dábamos mucha ciencia básica. Ese fue el criterio con el que se manejó la CNEA, y rindió frutos.

–¿Y cómo se dio inicio a aquel curso?

–Entró Manuel Balanzat al aula y así empezó a dar clase, fue directo al núcleo, no hubo ni un acto, ni himno. Eso fue el 1° de agosto. Balanzat era una excelente persona y fue un pilar para Balseiro. Para el 16 de septiembre los gendarmes corrían con ametralladoras en el regimiento que está al lado del Instituto Balseiro, mientras por la radio seguíamos los acontecimientos, ...pregúnteme ¿qué hicimos los profesores?

–¿Y que hicieron ustedes?

–Seguir dando clases.

–¿Y cuál fue su rol en esos cursos?

–Mi rol fue muy modesto, para 1955 todavía no había terminado la licenciatura en Física, estaba en quinto año. Me licencié en 1956 y era adjunto de la Universidad de Cuyo. Era ayudante de Balseiro, también de Wolfgang Meckbach. Mi rol ha sido acompañarlo a Balseiro. De Bariloche nos fuimos juntos en 1961, yo fui a Córdoba. Ese mismo año, Balseiro comienza con sus problemas de salud, y en septiembre le diagnostican que es leucemia.

–¿Qué recuerda de Balseiro?

–Además de ser profesor mío, éramos amigos. Lo conocí en 1945 en las reuniones de la AFA, y en 1947, cuando vine a Córdoba para trabajar con Gaviola. Teníamos prácticamente la misma edad, era un año mayor que yo. Lo que me llama la atención ahora, no entonces, era que como amigos era un tipo más, no tenía ninguna característica sobresaliente. Pero de los hechos de su vida resulta que tenía características muy particulares. Con su accionar, y las decisiones que tomó, dejó un espíritu en Bariloche que todo el mundo reconoció, sin ponerlo en palabras. Por ejemplo, cuando murió, la gente del Instituto pidió que lo enterraran allí, en el Instituto. Fue un pedido significativo.

–¿Cómo era Bariloche por entonces?

–La vida era cruda. La vida social era difícil. Había una sola calle asfaltada. Nadie tenía auto. Era la Bariloche de los pioneros. A mi señora no le gustaba Bariloche. Creo que me vino del cielo la oferta del Instituto de Matemática, Astronomía y Física (IMAF) para mudarnos a Córdoba.

–Y cuando llegó a Córdoba, ¿con qué se encontró?

–Me encontré con el IMAF en Córdoba, que estaba prácticamente en cero. Fui el séptimo director en el lapso de 1956 a 1961; había una inestabilidad total y no había rumbo. Tuve la suerte de acertar con los criterios para manejar el IMAF. Acerté en mostrarle al Consejo Superior los proyectos de manera clara.

–¿En qué acertó?

–No sé. Me manejé con el criterio de dotar a la institución con profesores con dedicación exclusiva. Todo fue orientado para que los estudiantes con el tiempo fueran madurando como científicos e incorporándose al cuerpo docente. Mi trabajo principal fue conseguir becas y lugares adonde ir a especializarse, con gente de primer nivel, capaces de formarlos como buenos científicos. Y ahí tuve suerte en obtener el número de becas suficiente. Los consejos superiores nos reconocieron la necesidad de dar salarios de dedicación exclusiva a los profesores. Hay un caso muy interesante: el matemático Carlos Loiseau, que no tenía ningún titulo, era un autodidacta de los buenos, y logramos la excepción y lo incorporamos a pesar de ese impedimento en lo formal.

–Todo un talento el de convencer autoridades.

–Sin dudas, pero Balseiro fue quien me ayudó a formar mis criterios para conducir una institución de esta naturaleza. Su ejemplo para mí ha sido fundamental. La devoción por la actividad científica.

–Ciencia devocional.

–Sí, consagración a la ciencia y a la institución. Desde que asumí, mi norte fue fortalecer, construir y sostener una institución capaz de formar la gente que el país necesita. Incluso hicimos algunas innovaciones para aquel entonces. En 1961 se graduó la primera cohorte que había ingresado en 1957, y no teníamos docentes para ese quinto año. Entonces logramos la autorización del Consejo Superior de la Universidad para que el quinto año los alumnos lo hicieran en Buenos Aires, La Plata y Bariloche, para completar el quinto año que no teníamos cómo darlo en Córdoba. Fue una novedad...

–¿Y cómo ve la formación de matemáticos, astrónomos y físicos en la actualidad?

–Hoy Famaf, en Córdoba, tiene distintas especialidades y tiene buenos grupos, hay gente muy capaz. Ha cumplido con el objetivo que nos trazamos hace cinco décadas de constituir un grupo fuerte de investigadores consagrados a la institución. La dedicación exclusiva es básica para el desarrollo de la actividad científica.

Sábato, Balseiro, Gaviola, el trípode del origen de la física en la Argentina tiene un centro en común. Alberto Pascual Maiztegui. Mito, figura clave, formador de varias generaciones de materia gris, fue director del Instituto de Matemática, Astronomía y Física –hoy Famaf—, de la Universidad Nacional de Córdoba. Y publicó con Jorge Sábato el libro Introducción a la física, ¿se acuerdan del “Maiztegui Sábato”? El 7 de abril pasado cumplió 90 años.

Fuente

lunes, 19 de abril de 2010

El Odio


Sí, el tema de estas líneas es el odio. Y planteado así, de manera tan seca y contundente, quizás y ante todo deba reconocerse que es más propio de cientistas sociales que de un simple periodista u opinólogo. Pero, precisamente porque uno es esto último y se cree con, por lo menos, algunas capacidades analíticas, registra que su razonamiento respecto del clima político y social de la Argentina desemboca en algo que ya excede a la mera observación periodística.
Planteemos de entrada la -es probable- única cosa con la que muy difícilmente no nos pongamos todos de acuerdo, si se parte de una básica honestidad intelectual.
Con cuantos méritos y deficiencias quieran reconocérsele e imputarle, desde 2003 el kirchnerismo reintrodujo el valor de la política, como ámbito en el que decidir la economía y como herramienta para poner en discusión los dogmas impuestos por el neoliberalismo. Ambos dispositivos habían desaparecido casi desde el mismo comienzo del sultanato menemista, continuaron evaporados durante la gestión de la Alianza y, obviamente, el interregno del Padrino no estaba en actitud ni aptitud para alterarlos. Fueron trece años o más (si se toman los últimos del gobierno de Alfonsín, cuando quedó al arbitrio de las “fuerzas del mercado”) de un vaciamiento político impresionante. El país fue rematado bajo las leyes del Consenso de Washington y la rata, con una audacia que es menester admitirle, se limitó a aplicar el ordenamiento que, por cierto, estaba en línea con la corriente mundial. También de la mano con algunos aires de cambio en ese estándar, y así se concediera que no le quedaba otra chance tras de la devastación, la etapa arrancada hace siete años volvió a familiarizarnos con algunos de los significados que se creían prehistóricos: intervención del Estado en la economía a efectos de ciertas reparaciones sociales, apuesta al mercado interno como motor o batería de los negocios, reactivación industrial, firmeza en las relaciones con varios de los núcleos duros del stablishment.
Y a esa suma hay que agregar algo a lo cual, como adelanto de alguna conclusión, parecería que debe dársele una relevancia enorme. Son las acciones y gestos en el escenario definido como estrictamente político, desde un lugar de recategorización simbólica: impulso de los juicios a los genocidas, transformación de la Corte Suprema, enfriamiento subrayado con la cpula de la Iglesia Católica, Madres y Abuelas resaltadas como orgullo nacional y entrando a la Casa Rosada antes que los CEO de las multinacionales, militancia de los ’70 en posiciones de poder. En definitiva y -para repetir y ampliar- aun cuando se otorgara que este bagaje provino de circunstancias de época, sobreactuaciones, conciencia culposa, o cuanto quisiera argüirse para restarle cualidades a sus ejecutores, nadie, con sinceridad, puede refutar que se trató de una novedad política. De un “reingreso” de la política. Las grandes patronales de la economía ya no eran lo único habilitado para decir y mandar. Hasta acá llegamos. Adelante de esta coincidencia que a derecha e izquierda podría presumirse generalizada, no hay ninguna otra. Se pudre todo. Pero se pudre de dos formas diferentes. Una que podría considerarse “natural”, y otra que es el motivo de nuestros desvelos. O bien, de una ratificación que no quisiéramos encontrar. La primera nace en el entendimiento de la política como un espacio de disputa de intereses y necesidades de clase y sector. Por lo tanto es un terreno de conflicto permanente, que ondula entre la crispación y la tranquilidad relativa según sean el volumen y la calidad de los actores que forcejean. Este Gobierno, está claro, afectó algunos intereses muy importantes. Seguramente menos que los aspirables desde una perspectiva de izquierda clásica, pero eso no invalida lo anterior. Tres de esos enfrentamientos en particular, debido al tamaño de los bandos conmovidos, representan un quiebre fatal en el modo con que la clase dominante visualiza al oficialismo. Las retenciones agropecuarias, la reestatización del sistema jubilatorio y la ley de medios audiovisuales. Ese combo aunó la furia. Una mano en el bolsillo del “campo”; otra en uno de los negociados públicos más espeluznantes que sobrevivían de los ’90; y otra en el del grupo comunicacional más grande del país, con el bonus track de haberle quitado la televisación del fútbol. De vuelta: no vienen al caso las motivaciones que el kirchnerismo tenga o haya tenido y no por no ser apasionante y hasta necesario discutirlas, sino porque no son aquí el objeto de estudio. Es irrebatible que ese trío de medidas -y algunas acompañantes- desató sobre el Gobierno el ataque más fanático de que se tenga memoria. Hay que retroceder hasta el segundo mandato de Perón, o al de Illia, para encontrar -tal vez- algo semejante. Como entonces, aunque ahora potenciados por el papel aplastante que adquirieron, los medios de comunicación son un vehículo primordial de esa ira. El firmante confiesa que sólo la obligación profesional lo mueve a continuar prestando atención puntillosa a la mayoría de los diarios, programas radiofónicos, noticieros televisivos. No es ya una cuestión de intolerancia ideológica sino de repugnancia, literalmente, por la impudicia con que se tergiversa la información, con que se inventa, con que se apela a cualquier recurso, con que se bastardea a la actividad periodística hasta el punto de sentir vergüenza ajena. Todo abonado, claro está, por el hecho de que uno pertenece a este ambiente hace ya muchos años, y entonces conoce los bueyes y no puede creer, no quiere creer, que caigan tan bajo colegas que hasta ayer nomás abrevaban en el ideario de la rigurosidad profesional. Ni siquiera hablamos de que eran progresistas. Esta semana se pudo leer que los K son susceptibles de ser comparados con Galtieri. Se pudo escuchar que hay olor a 2001. Hay un límite, carajo, para seguir afirmando lo que el interés del medio requiere. Gente de renombre, además, que no se va a quedar sin trabajo. Gente -no toda, desde ya- de la que uno sabe que no piensa políticamente lo que está diciendo, a menos que haya mentido toda su vida.
Sin embargo, más allá de estas disquisiciones, todavía estamos en el campo de batalla “natural” de la lucha política; es decir, aquel en el que la profundidad o percepción de unas medidas gubernamentales, y del tono oficialista en general, dividieron las aguas con virulencia. Son colisiones con saña entre factores de poder, los grandes medios forman parte implícita de la oposición (como alternativamente ocurre en casi todo el mundo) y no habría de qué asombrarse ni temer. Pero las cosas se complican cuando nos salimos de la esfera de esos tanques chocadores, y pasamos a lo que el convencionalismo denomina “la gente” común. Y específicamente la clase media, no sólo de Buenos Aires, cuyas vastas porciones -junto con muchas populares del conurbano bonaerense- fueron las que el 28J produjeron la derrota electoral del kirchnerismo. Para el gusto del cronista, no hay sincronía entre la situación económica de los sectores medios y su bronca ya pareciera que crónica. Por fuera de la escalada inflacionaria de las últimas semanas, tanto en el repaso del total de la gestión como de la coyuntura los números dan a favor. En cotejo con lo que ocurría en 2003, cuando calculado en ingresos de bolsillo pasó a ser pobre el 50 por ciento del país; o con las marquesinas de esta temporada veraniega, en la que se batieron todos los récords de movimiento turístico y consumo, suena inconcebible que el conjunto de esa clase pueda decir que está peor o que le va decididamente mal. Pero eso es lo que en buena medida expresaron las urnas, y lo que en forma monotemática señalan los medios.
Vamos entonces, ahora sí, a las graduaciones con que se manifiesta ese disconformismo. Porque podría conferirse la licencia de que, justamente por ir mejor las cosas en lo económico, la “gente” se permite atender otros aspectos en los que el oficialismo queda muy mal parado, o apto para las acusaciones. Ya se sabe: autoritarismo, sospechas de corrupción, desprecio por el consenso, ausencia de vocación federalista, capitalismo de amigotes y tanto más por el estilo. Nada distinto, sin ir más lejos, a lo que recién sobre su final se le endilgó a Menem y su harén de mafiosos. ¿Qué habrá sucedido para que, de aquél tiempo a hoy y a escalas tan similares de bonanza económica real o presunta, éstos sean el Gobierno montonero, la puta guerrillera, la grasa que se enchastra de maquillaje, los blogs rebosantes de felicidad por la carótida de Kirchner, los ladrones de Santa Cruz, la degenerada que usa carteras de 5 mil dólares, la instalación mediática de que no llegan al 2011, el olor al 2001, el uso del avión presidencial para viajes particulares? ¿Cómo es que la avispa de uno sirvió para que se cagaran todos de la risa y las cirugías de la otra son el símbolo de a qué se dedica esta yegua mientras el campo se nos muere? ¿Cómo es que cuando perpetraron el desfalco de la jubilación privada nos habíamos alineado con la modernidad, y cuando volvió al Estado es para que estos chorros sigan comprándose El Calafate? Pero sobre todo, ¿cómo es que todo eso lo dice tanta gente a la que en plata le va mejor?
Uno sospecharía principalmente de los medios. De sus maniobras. De que todo esto es un escenario que montan. Pues no. Por mucho que haya de eso, de lo que en verdad sospecha es que el odio generado en las clases altas, por la afectación de algunos de sus símbolos intocables, ha reinstalado entre la media el temor de que todo se vaya al diablo y pueda perder algunas de las parcelas pequebú que se le terminaron yendo irremediablemente ahí, al diablo, cada vez que gobernaron los tipos a los que les hace el coro.
Debería ser increíble, pero más de 50 años después parece que volvió el “Viva el Cáncer” con que los antepasados de estos miserables festejaron la muerte de Eva.

Nota editorial de Eduardo Aliverti en su programa Marca de Radio emitido el 20 de Febrero de 2010.

jueves, 15 de abril de 2010

10.04

domingo, 11 de abril de 2010

Una variante brutal del catolicismo



Cuando era chica, Irlanda era una teocracia católica. Si se acercaba un obispo por la calle, la gente se apartaba para dejarle el paso. Si asistía a un evento deportivo, el equipo se acercaba a arrodillarse y besarle el anillo. Si alguien cometía un error, en vez de decir “Nadie es perfecto”, decíamos “Podría pasarle hasta a un obispo”.

Esta última frase era más acertada de lo que imaginábamos. Hace unos días, el papa Benedicto XVI escribió una carta personal en la que pedía perdón –por llamarlo de algún modo– a Irlanda por las décadas de abusos sexuales a menores cometidos por unos sacerdotes en los que, se suponía, debían confiar esos niños. Para muchos irlandeses, esa carta del Papa es un insulto no sólo a nuestra inteligencia sino a nuestra fe y a nuestro país. Para entender por qué, hay que tener en cuenta que los irlandeses hemos sufrido una variante brutal del catolicismo basada en la humillación de los niños.

Yo misma lo viví. Cuando era una niña, mi madre –una madre maltratadora, lo opuesto de lo que debe ser una buena madre– me animaba a que robara en las tiendas. Una vez me atraparon y pasé 18 meses en el Centro de Formación An Grianán, una institución para niñas con problemas de conducta, en Dublín, por recomendación de una trabajadora social. El Centro An Grianán era una de las hoy tristemente célebres “lavanderías de las Magdalenas”, patrocinadas por la Iglesia, que albergaban a adolescentes embarazadas y jóvenes poco dóciles. Trabajábamos en el sótano, lavando la ropa de los curas en fregaderos con agua fría y panes de jabón. Estudiábamos matemática y mecanografía. Teníamos poco contacto con nuestras familias. No cobrábamos ningún sueldo. En mi caso, por lo menos, una de las monjas fue buena conmigo y me regaló mi primera guitarra.

An Grianán era producto de la relación del gobierno irlandés con el Vaticano; la Iglesia gozó de una “posición especial” contemplada en nuestra Constitución hasta 1972. Todavía en 2007, el 98 por ciento de los colegios irlandeses estaba en manos de la Iglesia Católica. Pero los colegios para niños difíciles han estado siempre plagados de castigos físicos salvajes, maltratos psicológicos y abusos sexuales. En octubre de 2005, un informe encargado por el gobierno identificó más de 100 acusaciones de abusos sexuales cometidos por sacerdotes entre 1962 y 2002 en Ferns, un pueblo a unos 100 kilómetros al sur de Dublín. La policía no investigó a los sacerdotes acusados: se dijo que padecían un problema “moral”. En 2009, un informe similar involucró a los arzobispos de Dublín en el ocultamiento de varios escándalos de abusos sexuales sucedidos entre 1975 y 2004.

¿Por qué se toleraba esa conducta criminal? Según el informe de 2009, el “importantísimo papel que ha desempeñado la Iglesia en la vida irlandesa es el motivo por el que se consintió que no se pusiera fin a los abusos cometidos por una minoría de sus miembros”.

A pesar de la larga relación de la Iglesia con el gobierno irlandés, la carta en la que Benedicto XVI pide, en teoría, perdón no asume ninguna responsabilidad por las infracciones de los curas irlandeses. Dice que “la Iglesia en Irlanda debe reconocer ante el Señor y ante otros los graves pecados cometidos contra unos niños indefensos”. ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en esos pecados?

En su texto, Benedicto da la impresión de que se ha enterado hace poco de los abusos y se presenta como una víctima más: “No tengo más remedio que compartir la desolación y la sensación de traición que habéis experimentado tantos de vosotros al saber de estos actos pecaminosos y criminales, y de cómo se ocuparon de ellos las autoridades eclesiásticas en Irlanda”. Sin embargo, la carta de infausta memoria que envió Benedicto en 2001 a los obispos de todo el mundo les ordenaba guardar secreto sobre las acusaciones de abusos sexuales so pena de excomunión, es decir, actualizaba una perniciosa política de la Iglesia, expresada en un documento de 1962, que establecía que tanto los sacerdotes acusados de delitos sexuales como sus víctimas debían “observar el más estricto secreto” y “atenerse a un silencio eterno”.

Benedicto, entonces Joseph Ratzinger, era cardenal cuando escribió esa carta. Hoy, cuando ocupa el sillón de San Pedro, ¿vamos a creer que su opinión ha cambiado? ¿Y vamos a conformarnos ante las recientes revelaciones de que en 1996 se negó a destituir a un sacerdote acusado de haber abusado de hasta 200 niños sordos en el estado norteamericano de Wisconsin?

La carta de Benedicto afirma que su preocupación es “sobre todo ayudar a sanar a las víctimas”. Sin embargo, les niega lo que podría sanarles: una confesión inequívoca del Vaticano de que ocultó los abusos y ahora está tratando de ocultar el ocultamiento. Asombrosamente, el Papa invita a los católicos a “ofrecer vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de las Escrituras y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia de Irlanda”. Y sugiere, cosa aún más asombrosa, que las víctimas irlandesas pueden sanar acercándose más a la Iglesia, la misma Iglesia que exigía votos de silencio a los niños víctimas de los abusos, como ocurrió en 1975 en el caso del padre Brendan Smyth, un sacerdote irlandés que más tarde acabó en la cárcel por delitos sexuales repetidos. Muchos irlandeses, cuando se nos pasó la risa, nos dijimos que la idea de que necesitamos la Iglesia para aproximarnos a Jesús es una blasfemia.

Para los católicos irlandeses, lo que insinúa Benedicto –que los abusos sexuales en Irlanda son un problema irlandés– es arrogante y blasfemo. El Vaticano está actuando como si no creyera en un Dios que todo lo ve. Quienes dicen ser los guardianes del Espíritu Santo se dedican a aplastar todo lo que el Espíritu Santo representa. Benedicto es culpable de dar una imagen falsa del Dios al que adoramos. Todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, que el Espíritu Santo es la verdad. Por eso sabemos que Cristo no está con esos que le invocan con tanta frecuencia.

Los católicos irlandeses tienen una relación disfuncional con una organización que comete abusos. El Papa debe hacerse responsable de las acciones de sus subordinados. Si hay sacerdotes católicos que abusan de los niños, es Roma, y no Dublín, la que debe responder de ello, con una confesión inequívoca y sometiéndose a una investigación criminal. Mientras no lo haga, todos los buenos católicos –incluidas las ancianitas que van a misa todos los domingos, no sólo los cantantes de protesta como yo, a quienes el Vaticano puede ignorar sin problema– deberían dejar de acudir al templo. Ha llegado la hora de que en Irlanda separemos a nuestro Dios de nuestra religión y nuestra fe de sus supuestos dirigentes.

Hace casi 18 años rompí una foto del papa Juan Pablo II en un episodio de Saturday Night Live. Muchos no entendieron la protesta; la semana siguiente, el presentador invitado del programa, el actor Joe Pesci, dijo que, si hubiera estado presente, me “habría dado una bofetada”. Yo sabía que mi acción iba a causar problemas, pero quería provocar un debate necesario; ése es uno de los ingredientes de ser artista. Lo único que lamenté fue que la gente pensara que no creía en Dios. No es verdad, en absoluto. Soy católica de nacimiento y cultura, y sería la primera en presentarme a la puerta de la Iglesia si el Vaticano ofreciera una reconciliación sincera.

Mientras Irlanda soporta la ofensiva carta con la que Roma pide perdón y un obispo irlandés dimite, pido a los estadounidenses que comprendan por qué una mujer católica irlandesa que sobrevivió a los malos tratos de niña pudo querer romper la foto del Papa. Y que piensen si a los católicos irlandeses, por no atrevernos a decir “merecemos algo mejor”, se nos debe tratar como si mereciéramos algo peor.

Esta es la carta que Sinead O’Connor dio a conocer en Estados Unidos la semana pasada tras las disculpas de Benedicto XVI por los abusos de menores cometidos en Irlanda por curas católicos.


Fuente

lunes, 5 de abril de 2010