viernes, 3 de abril de 2009

Democracia, paternidad y muerte


Por Eduardo de la Serna *

Frente a la muerte, parece que todos los grises se diluyen y todo pasa a ser blanco o negro. Y reclamar derechos humanos por delincuentes asesinados es perverso, o cuestionar cosas de muertos honorables es casi criminal.

Murió Alfonsín, y se empiezan a escuchar todo tipo de elogios: de los sensatos, los verdaderos, los exagerados y los falsos de toda falsedad. El que más se escucha es el de “padre de la democracia”. Y no se escuchan comentarios críticos, casi como si hacerlo fuera un atentado a la misma democracia. Y personalmente quisiera decir algo.

No lo voté a Alfonsín, y me angustié cuando ganó. Toda mi vida creí y sigo creyendo que los radicales hablan bien, son honestos, pero no sirven para gobernar. Y no es lo mismo ser honesto que ser ejecutivo. Esto no me transforma en abanderado del “roban, pero hacen”, aunque ese dicho algo indica.

Pero debo decir que “padre de la democracia” me parece excesivo ¡y falso! La democracia fue engendrada por una larga lista de cosas: desde errores abominables de la dictadura (desde lo económico a la guerra de Malvinas), el genocidio, que traspasó las fronteras, la lucha externa e interna por los derechos humanos e incluso las luchas sindicales, políticas y sociales (la huelga del 30 de marzo de 1982, la multipartidaria, “las urnas están bien guardadas”, etc.). Todo esto podría resumirse en decir “la gente”, “el pueblo” o como se prefiera, ellos son los padres de la democracia.

Sin duda alguna, Alfonsín fue un artífice importantísimo en la recuperación de la democracia, pero en un primer momento la multipartidaria –conformada por el PJ (Bittel), UCR (Alfonsín, Contín), PDC (Auyero, Cerro), PI (Alende) y el MID (Frigerio, Frondizi) y la CGT Brasil (Ubaldini)– tuvo una activísima participación en dicha recuperación. Cuando ya la democracia era inminente, Alfonsín rompió la multipartidaria, porque parecía que servía a su proyecto político, como lo fue también la denuncia nunca comprobada del pacto militar-sindical. Muchos afirmarán hoy que fue lo mejor que nos podía pasar, ya que Luder no garantizaba la vigencia de los derechos humanos (había hablado de la imposibilidad de derogar la autoamnistía militar). Es probable, aunque nunca podríamos saberlo sin entrar en política-ficción. Simbólicamente, su decisión de asumir el 10 de diciembre, día de los derechos humanos, fue impecable. E índice de lo que vendría. El juicio a las juntas militares fue un paso importante, aunque muchos creemos que no se quería pasar de allí (¿por qué el general Harguindeguy no entró en ese juicio?, ¿deudas de ex compañeros de liceo militar?). Las leyes de obediencia debida y punto final parecen demostrarlo.

El enfrentamiento a un mismo tiempo a los militares, a los poderes económicos, a los sindicatos, la Iglesia, los organismos de crédito parece una insensatez política. Los resultados parecen demostrarlo: un sindicalista terminó ministro de Trabajo, el Plan Austral y el Plan Primavera, la “tablita”, los créditos del FMI, las leyes de impunidad... El poder se fue licuando a cada momento, lo que no impedía que surgieran cosas importantes: la paz con Chile y el nacimiento del Mercosur fueron emblemas de esto. Pero también lo fue la hiperinflación, lamentablemente. Y el abandono anticipado del poder.

Es cierto que después vino el menemismo, y la Alianza. Esto merecería también un análisis. La corrupción encarnada y la ineficacia e inacción personificadas fueron emblemas, pero fueron también muchos votos de apoyo (igual a ¿democracia?). Pero también de “aprender a los golpes”.

En tiempos duhaldistas, Alfonsín fue senador. Y podemos recordar que fue él el fotografiado cuando ante el nombramiento de un juez decía “cajonear”, y fue él quien se burló de nuestra inteligencia “explicando” que “cajonear quiere decir investigar, activar...”. También fue el del Pacto de Olivos, es decir, el que cedió ante el menemismo que avanzaba impunemente contra la Constitución nacional. ¿Que en el “Pacto” logró cosas interesantes como el Consejo de la Magistratura y la incorporación de los tratados internacionales a la Constitución? No hay dudas. Y también logró el tercer senador para que el radicalismo –en vías de extinción– no desapareciera.

Se afirma que fue un demócrata. ¡Creo que es indudable que lo fue! Que fue honesto, ¡no lo dudo! Una persona de convicciones... Personalmente estoy de acuerdo con eso. Pero no me basta: eso no lo transforma, para mi gusto, en un ejemplo, o un prócer. Ver muchos infrapolíticos junto al féretro en estas horas me revuelve las “tripas políticas” (como recordar los festejos del menemismo cuando venció a Kirchner en la primera vuelta, y ver a los indeseables en el hotel Presidente).

Parece que la muerte nos transforma a todos en ángeles o demonios, y este momento tan duro parece que “ensucia” la muerte de personas como Alfonsín si se dicen palabras críticas a su persona. Murió una persona honesta, un político de raza (con sus virtudes y defectos políticos), un símbolo de la democracia. Pero no acepto que me digan que era “el padre de la democracia”, porque no lo era, no lo reconozco como “mi padre”, y quiero una democracia mucho mejor que la que él nos dejó: una democracia con la que de verdad “se coma, se eduque y se trabaje”.

* Movimiento Carlos Mugica de sacerdotes en la opción por los pobres.

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